acrofobia.

Siempre he tenido la sensación de no encajar, de ser esa pieza de puzle que encuentras y no sabes a cual corresponde, alguna vez encajó, alguna vez estuvo rodeada de más piezas, ahora es solo un olvido debajo de un viejo sofá, de un armario...

Es extraño como eso en determinadas ocasiones puede no importarme nada, puede fluir entre mi, puede pasar de largo; y como, en cambio, otras veces es lo peor que me puede pasar,  como eso, a veces, me hunde.

Es el cliché de la montaña rusa.

¿Quién no ha montado nunca en una montaña rusa?

La espera se hace larga, las subidas más aún. Momentos de tensión, de expectación; momentos en los que quieres estar en la cima, cerrar un segundo los ojos y al volver a abrirlos sentirte grande, sentirte poderoso, sentirte bien. Es tan fugaz, tan efímero ese momento, te llena, sientes su plenitud y, sin embargo, la bajada es tan amarga, tan rápida que sin darte cuenta ya estás otra vez abajo. 

Abajo. Con lágrimas en los ojos, la piel abrasadora por ese viento fuerte, que no perdona, y ganas de más. De más subidas, por muy duras que sean, de más momentos en la cima a pesar del miedo que la siguiente bajada te provoca, porque queremos eso más, queremos sentirnos llenos, gloriosos, felices. 

Es el cliché de la montaña rusa.

Una ironía.

Ironía sentirse tan bien un minuto y el segundo siguiente tan mal. Es la ironía de la vida, no sabes que va a pasar y no por ello vas a dejar de montar, de subir a la montaña rusa. Es la fugacidad, es la ironía de la pieza del puzle que se ha perdido, que nunca encontrará su lugar, pero que siempre dejará un hueco en alguna parte, es la ironía del querer y no poder, es la ironía de esperar algo bello pero no hacer nada por conseguirlo. 

La ironía de tener miedo a las alturas.

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