partes de mi

Has vuelto a mi memoria. A mi vida. 
Has vuelto con tu olor tan característico, he visto como tu sonrisa volvía a florecer. Como tu pelo se enredaba en tus pendientes, como tu mirada vagaba por la habitación sin fijarse en nada. 
Sin verme, sin sentirme. 

Y duele. 
Duele porque tu recuerdo aún me acecha, duele porque es tan reciente el dolor, que aún no se ha ido. 
Duele porque se que no volveré a tenerte entre mis brazos. 
A darte la mano.
A acariciarte la mejilla. 
Duele porque apenas puedo hablarte. 
Porque apenas puedo mirarte sin que algo dentro de mi se rompa, se haga añicos. 
Duele porque me levanto y deseo pasear los dedos por tu espalda al descubierto, pero se que no puedo. 
Duele porque te miro, y no me devuelves la mirada. 
Te fuiste y nunca logré recomponer los pedazos de mi vida que quedaron esparcidos por todos los lugares donde paseamos, donde nos miramos, donde nos quisimos. Y duele, duele tanto, que intento agarrar los pocos trozos que logré reunir, y se me escapan. Se van, desde el mismo instante en el que te vi otra vez.
Y duele, duele tanto estar a tu lado. Duele de tal manera que no puedes hacerte una idea. Duele porque estoy  a tu lado, alargo la mano con la intención, con el vago deseo, de rozarte los dedos, y no llego. 
No llego a ti, a tu coraza que tanto te costó construir, que tanto me costó destruir.
Estiro los dedos, intento alargarlos y acariciarte, volver a sentir tu piel bajo la mía, pero no puedo. 
No debo. 
No debemos volver a caer en la trampa que alguien tan bien nos tendió. 
No debemos porque no somos buenos el uno para él otro. Nos destruimos, somos Troya, y al igual que ella ardemos, y cuando nos separamos no somos nada, solo cenizas. 

Duele tanto verte y no tocarte, mirarte sin que me veas, soñarte sin sentirte.
Y después de esta agonía, de volverte a ver, te vuelves a ir. Indiferente a mi dolor, porque no lo conoces, ni lo sientes, ni lo entiendes. 

Duele verte marchar, y más duele saber que aún tienes poder sobre mí, que aún me duele tu presencia, tu ausencia. 

Duele verte coger ese tren una vez más, duele, pero ya no se siente. Es tan habitual este dolor que sin él ya no se quien soy, ya no se vivir. 

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